
“Todo el mundo podía reclamar para sí la condición de niño” (Manuel María). En una residencia de la Tercera Edad traen de vuelta a Berenguela, una anciana que aprovecha para huir en cuanto puede. Quiere volver a su casa en la aldea, donde siempre vivió, donde es feliz. Berenguela protesta, refunfuña, ruge, hasta que su amiga Aurora consigue calmarla. Aurora es otra anciana prisionera, una anciana que no recuerda bien quién es, así que puede ser lo que ella quiera. En la misma residencia está Tomás, que se pasa el día mirando por la ventana, pensando en sus cosas, triste y gris. Berenguela propone una revuelta, que se vuelvan salvajes y peligrosas, pero Aurora sugiere que hagan en el teatro lo que no les dejarían hacer en la realidad. Cree recordar que fue actriz y que hay una pieza con el nombre de Berenguela. Berenguela conoce la pieza, por eso lleva su nombre. Las dos enredan a Tomás y Tomás se deja enredar. En el teatro encuentran la libertad que creen perdida, la posibilidad de cambiar el mundo, o, al menos, su mundo. Así comienza la representación de la pieza: “Aventuras y desventuras de una espina de tojo llamada Berenguela”, donde cada uno escoge el personaje que quiere representar. Irán entrando y saliendo de las escenas, debatiendo, interrumpiendo el desarrollo de la pieza, jugando como en ese pasado que creían olvidado porque ocurrió hace muchos, muchos años, en la ilusión de la niñez.
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